Hola, mundo (tarde... 12 años tarde).
He decidido retomar algo que nunca tomé, que dejé como cimiento, que imaginé pero nunca concreté... hace más de 12 años. Tendría 20 años, la petulancia presuntuosa de quien ha leído dos o tres líneas de un libro en extremo difícil y se siente tocado por los dioses. Hace 12 años el blog, como medio popular de expresión personal, ya pasaba por una lenta agonía. Hoy, quizás por desconocimiento, me atrevería a decir que es la actividad de unos cuantos nostálgicos que, intentando dejar una huella de sí en un servidor que puede que desaparezca más temprano que tarde, ven en estos sitios un medio más para vomitar las ideas que le estén rondando en ese momento; las que, quizás, se hayan estado fraguando a lo largo de sus vidas y que en un impulso de idiota valentía se animen a publicarlas.
Creo que escribir un blog resulta alguna manera de diario. Uno flotante y líquido, capaz de rehacerse y reacoplarse a los caprichos de su autor. A fin de cuentas, ¿qué lugar más solitario que un blog en una internet que se satura cada día más con videos y memes de las polémicas del momento en miles y miles de reels? Puede que sea una reacción de un hombre que envejece día a día y cuyas prácticas y gustos están cada vez más desencuadrados de la actualidad; pero creo que la inmediatez y lo lapsos que son los contenidos que encontramos en la red hoy por hoy, constituyen un cuadro sintomático de una sociedad que se desconoce a sí misma cada día menos. ¿Qué resuena hasta los tuétanos de los consumidores de información? El espectáculo y la polémica. Estos no son sino momentos fugaces y bastante entretenidos. Como entretención logran apasionarnos hasta el límite de la obsesión. En tanto fugaces, son obsesiones pasajeras que tienen la duración que abarca el paso de una polémica a la otra. Hay hasta historiadores de polémicas encargados de mantenerlas en la memoria de los subscriptores con tal de mantener vivas esas pequeñas obsesiones.
De una u otra manera, el blog logra sobrevivir a la temporalidad de la polémica en cuanto que requiere de un poco más de tiempo para ser consumido. Quizás sea un poco más de un minuto, pero la lectura de los textos que los añorantes aún dejan en sus pequeños espacios en internet, está marcada por el carácter de sus autores. El conocer a otra persona no es solamente un eterno scrolling por sus redes sociales y la revisión de sus publicaciones, la imagen que pretenden vendernos sus fotos o el humor prefabricado de los reposteos de las páginas populares. Hace un momento me refería a esto como algo sintomático, pero no de qué patología: la del allanamiento de lo que podría ser otra persona.
No comulgo con aquellos condenadores crónicos de internet, que ven en este el mayor desdibujamiento de las relaciones sociales. Por lo menos yo, no lo veo tan así. Claramente, no soy un optimista digital ciego, de aquellos que ven en el desarrollo tecnológico la máxima expresión de lo que signifique ser humano. No. Solamente veo en internet una posibilidad más de conocer (cosas, teorías, países... y, por qué no, personas), pero que no agota tal ejercicio. Conocer, no es solamente acumular información, cruzar datos y sumar 2 + 2 y que el resultado sea 5 (el ministerio del amor tiene sus métodos). Conocer implica también a la experiencia más allá del experimentar. Creo que es en la ética nicomáquea (y si no es así, que por favor alguien me corrija), en donde encontramos la famosa máxima aristotélica de que el filosofar es una tarea difícil, pero entre amigos se torna un ejercicio ameno. A esa experiencia es a la que me refiero. Internet y sus entornos digitales de socialización, se prestan como un buen espacio de discusión. Pero eso no lo podemos hacer en menos de un minuto.
En este sentido es que encuentro la potencia de internet para conocer y, por qué no, construir conocimiento. Pero para esto, hay que apelar a otras prácticas. Sí, a otras, porque no hay que ser inventor de éstas (tal vez en el ¿futuro?). Si se mira con ojos de catastrofista, las formas de relacionamiento exprés que dominan nuestras prácticas en internet son la mayor expresión de la patología de consumo de información en términos de polémica: queremos conocer al otro con la velocidad con la que nos ponemos al tanto de la más reciente polémica. Se imagina, presunto lector, ir por la calle, e ir quitando del camino a una persona tras otra porque no hubo engagement con lo que dice en los primeros cinco segundos. Estamos extrapolando las prácticas con las que nos han educado las megaplataformas sociales a nuestras relaciones iterpersonales más allá de internet.
Por eso creo que estos modos de compartir lo que pensamos nos hacen un poco más cortos de vista, pues el criterio de validez que usamos como tamiz en nuestras relaciones comunicativas es el entretenimiento. Veo en el otro lo que me entretiene. Su miseria me enaltece, me es totalmente ajena. La empatía se fue a la mierda el día en que el otro no es otro más allá de mí, sino el reflejo de mis perversiones. ¿Acaso en eso no consiste la polémica? El blog, el desierto de los nostálgicos, es una forma, por lo menos analgésica, de resistir ante la producción acelerada de contenidos en la red. El texto requiere de un momento de quietud. Escribir es dispendioso, inclusive peligroso. El texto logra exponer un fragmento de nuestras almas en reposo, al igual que la arena en un estanque. Así que, presunto y más que posible inexistente lector, este blog no será más que el vertedero de las opiniones de un anónimos más en esta lavadora centrifugando que conocemos como internet.
Suyo
J.
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